El poder de la debilidad

La mañana después del ataque, la mansión estaba en calma, pero una calma tensa, cargada. Silvia llegó con el desayuno, su rostro más pálido de lo habitual, pero su compostura, intacta.

—El señor Roosevelt ha dicho que el paseo de hoy se cancela —informó—. Por seguridad.

—¿Qué pasó anoche? —preguntó Emily, buscando en los ojos de la mujer algún indicio.

Silvia desvió la mirada.

—Un intento de intrusión. Nada de lo que deba preocuparse.

—Hubo disparos. Gritos.

—Los sistemas de seguridad son muy efectivos —respondió evasiva, y cambió de tema—. La doctora Vendrell vendrá esta tarde para un chequeo de rutina.

Y sin más, se marchó

La visita de la doctora fue aún más fría y rápida que la primera.

Confirmó que todo progresaba con normalidad, pero sus manos temblaban ligeramente al guardar el estetoscopio. El miedo también estaba en ella.

—¿Está todo bien en la casa, doctora? —preguntó Emily mientras la mujer escribía en su tableta.

La doctora Vendrell se quedó inmóvil.

—El señor Roosevelt… garantiza que sí. Siempre garantiza la seguridad.

Era una respuesta aprendida, un mantra. Emily la dejó marchar, sintiendo una nueva capa de claustrofobia.

No solo estaba prisionera; estaba en el ojo de un huracán de violencia que solo Caleb parecía poder controlar.

Él no apareció en todo el día. La ausencia era perturbadora.

Emily se encontró escuchando, esperando oír sus pasos en el pasillo, su voz dando órdenes.

La odiaba, pero su presencia era un ancla en el caos de ese lugar. Sin él, la mansión se sentía como una tumba lujosa.

Al anochecer, cuando Silvia trajo la cena, Emily no pudo contenerse.

—¿Dónde está él?

Silvia puso la bandeja.

—Ocupado. Con los asuntos de anoche.

—¿Está herido?

La pregunta surgió sin pensar. Silvia la miró con franco asombro, y Emily sintió un rubor de vergüenza. ¿Por qué le importaba?

—El señor Roosevelt no se lastima fácilmente —dijo finalmente Silvia, y por primera vez, hubo un atisbo de algo parecido a la lealtad en su tono.

Emily comió sola, sin apetito. La habitación, antes un espacio de rabia, ahora se sentía enorme y vacía. Se acostó temprano, pero el sueño era escurridizo.

Fue cerca de la medianoche cuando la puerta se abrió suavemente.

Emily, en un estado de semivigilia, contuvo la respiración. No eran los pasos sigilosos de Silvia. Eran más pesados, más lentos.

Caleb se detuvo al pie de la cama. No encendió la luz.

Podía distinguir su silueta contra la tenue luz del pasillo que se filtraba por la puerta entreabierta. Llevaba una bata de seda oscura abierta sobre un pantalón de pijama. Parecía agotado, los hombros ligeramente caídos.

—¿Estás despierta? —preguntó, su voz ronca por el cansancio y algo más: tensión pura.

—Sí —respondió Emily, incorporándose sobre los codos.

Él entró y cerró la puerta, sumiéndolos en una oscuridad casi total.

Se sentó en el borde de la cama, a cierta distancia, pero su peso hundió el colchón. Un silencio espeso se extendió.

—¿Qué pasó? —preguntó Emily al fin, incapaz de soportarlo.

—Una facción disidente —dijo, frotándose la cara con las manos—. Pensaron que con una… distracción en casa, estaría vulnerable. Se equivocaron.

—¿Los de los del sótano?

—Ya no están en el sótano —su voz era plana, final. Emily no quiso preguntar más. Sabía la respuesta.

Otro silencio. Luego, Caleb habló, más para sí mismo que para ella.

—Todo el día, planificando, conteniendo, castigando. Es el peso. El peso de ser quien soy.

—Podrías no serlo —susurró Emily. La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Él emitió un sonido entre una risa y un gruñido.

—¿Y ser qué? ¿Un hombre común? No nací para eso. Esta es mi piel. Es una piel manchada de sangre, pero es la mía.

Giró la cabeza hacia ella. En la oscuridad, sus ojos parecían fosforescentes.

—Anoche —dijo, cambiando abruptamente de tema—, cuando te dije que te quedaras aquí, ¿sabes por qué realmente esta habitación es segura?

—Porque está lejos de las ventanas exteriores —aventuró Emily.

—No —negó él, su voz baja—. Es la habitación contigua a la mía. El acceso más directo. Si alguien hubiera traspasado todas las defensas y llegado hasta aquí… habría tenido que pasar por mí primero.

La revelación cayó entre ellos, cargada de un significado que Emily no sabía cómo procesar.

Su guarida. Su posesión más preciada en ese momento. La guardaba personalmente.

—No me importas tú —añadió, como leyendo su confusión—. Me importa lo que llevas dentro. Pero… es curioso. La idea de que alguien pudiera entrar aquí, verte vulnerable… me enfurece de una manera que no es solo por el niño.

Emily sintió un vuelco en el estómago.

—¿Y eso qué significa?

—Significa —dijo, y su voz se acercó, él se movió por el colchón, acortando la distancia— que aunque quiero que sufras por lo que me hiciste, aunque anhelo el día en que te vea marchar por última vez… en este momento, eres mía. Y lo mío no se toca.

Ahora estaba cerca, muy cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor limpio de su piel mezclado con el tenue aroma a whisky.

Su mano se alzó en la oscuridad, y sus dedos rozaron su mejilla, tan suavemente que pudo haber sido una alucinación.

Emily se contuvo, paralizada por el contraste: el hombre que ordenaba torturas en el sótano, acariciando su rostro en la noche con una ternura devastadora.

—Es la debilidad —murmuró él, más para sí—. Tu vulnerabilidad aquí, bajo mi techo, despierta algo… primitivo. Algo que no tiene que ver con el odio.

Su pulgar pasó por su labio inferior. Un estremecimiento involuntario la recorrió de pies a cabeza, y esta vez no pudo atribuirlo al asco.

Caleb lo sintió. Un sonido gutural escapó de su garganta.

—Eso —susurró—. Ese es el mismo estremecimiento.

Antes de que ella pudiera reaccionar, antes de que pudiera apartarse o hablar, él inclinó la cabeza y sus labios capturaron los suyos.

No fue un beso de amor. Fue un beso de posesión, de conflicto, de furia y deseo mezclados en una tormenta perfecta.

Sus labios eran duros, exigentes, y Emily, por un instante que la avergonzaría eternamente, respondió. Su boca se abrió bajo la presión de la suya, y un gemido ahogado se le escapó.

Caleb gruñó, profundizando el beso, una mano enredándose en su cabello, la otra posándose sobre su vientre, aplanándose contra la seda de su camisón.

El contacto en ambos frentes, su boca, su vientre, la hizo sentir invadida, poseída, y sin embargo, una parte de ella se encendió en llamas.

De repente, él se separó bruscamente, como si se hubiera quemado. Jadeaba. En la oscuridad, Emily podía ver el brillo salvaje de sus ojos.

—Maldita sea —escupió, más a sí mismo que a ella.

Se levantó de la cama tan rápido como había llegado.

—Esto no vuelve a pasar —dijo, pero su voz temblaba con la mentira.

Salió de la habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

Emily se quedó tendida, los labios hinchados y ardientes, la piel donde sus manos habían estado marcada por un fuego invisible. Se tocó el vientre, donde su palma había reposado.

La debilidad, había dicho él. Pero en ese beso, en esa contradicción brutal entre crueldad y ternura, Emily había vislumbrado algo: tal vez su mayor debilidad no era su vulnerabilidad.

Tal vez, era la grieta que ella misma estaba abriendo en su armadura de odio. Y esa era un arma que no sabía aún cómo blandir, pero que estaba decidida a aprender a usar.

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