Rutina y vigilancia

Los días comenzaron a organizarse como una coreografía impuesta.

Desayuno. Pastillas. Caminata vigilada en el jardín de invierno. Almuerzo. Más pastillas. Cena.

Siempre bajo observación.

A veces Caleb la acompañaba en los paseos, con las manos en los bolsillos y el paso relajado, como si aquello fuera un idílico retiro en las montañas. Otras veces era Silvia, silenciosa como una sombra, siempre a un metro de distancia, siempre atenta. Emily había intentado iniciar conversación con ella una vez.

No obtuvo respuesta.

Nunca estaba sola. Ni siquiera en la ducha: sabía que había cámaras en los pasillos y guardias apostados tras las puertas cerradas.

Nunca.

Una semana después de su llegada, apareció una maleta nueva a los pies de su cama. No escuchó cuándo la dejaron allí. Eso fue lo que más la perturbó.

Dentro había vestidos sueltos de algodón y lino, pantalones con cinturilla elástica, camisas amplias, ropa interior cómoda.

Todo en tonos neutros: crema, azul marino, gris perla. Telas suaves. Cortes perfectos. Ninguna etiqueta.

Un guardarropa diseñado para la comodidad de una mujer embarazada.

Un guardarropa para una incubadora.

Emily cerró la maleta con brusquedad, pero terminó usando la ropa.

La tela fresca contra su piel era una pequeña concesión a su cuerpo, aunque su orgullo gritara lo contrario. No iba a castigarse por la obsesión de Caleb.

No le daría ese poder.

Aquella tarde, durante la caminata, decidió probar los límites.

El jardín de invierno era amplio, con techos de cristal que dejaban entrar una luz blanca y fría. Plantas exóticas, caminos de piedra, una fuente central cuyo murmullo constante resultaba casi hipnótico.

Vio una puerta lateral entreabierta. Más allá no había cristal ni estructura metálica. Solo exterior real.

Avanzó hacia allí con naturalidad.

—No.

La voz de Caleb la detuvo antes de que diera el tercer paso.

No la tocó. No levantó la voz.

Pero su tono fue como un látigo invisible que se cerró alrededor de su garganta.

Emily giró lentamente.

—Esa zona no —añadió él.

—¿Tengo permitido saber dónde estoy? —preguntó ella, cruzándose de brazos sobre el nuevo vestido azul marino que marcaba sutilmente la curva incipiente de su vientre.

Caleb la observó. Siempre la observaba como si evaluara una pieza valiosa que no pensaba perder.

—En una propiedad privada. Aislada. Eso es todo lo que necesitas saber.

—¿Y si tengo una emergencia médica?

—Hay un médico a treinta minutos. —Hizo una pausa—. Y yo tengo formación básica.

Su mirada descendió un segundo hacia su abdomen antes de volver a sus ojos.

—No pasará nada.

La seguridad absoluta en su voz era más opresiva que una amenaza.

Emily miró más allá del cristal del atrio. Pinos densos. Montañas cubiertas por una bruma espesa. El cielo gris aplastando el horizonte. No había señales de carreteras, ni líneas eléctricas visibles, ni ruido lejano de motores.

Nada.

Una fortaleza enterrada en la naturaleza.

Una prisión disfrazada de lujo.

Esa noche la llevaron a cenar fuera de su habitación.

El comedor anexo a la cocina era más íntimo. Luz cálida. Una mesa de madera oscura. Velas encendidas. Una escena doméstica que rozaba lo normal.

Caleb ya estaba sentado en la cabecera, leyendo una tableta. Su camisa blanca arremangada dejaba ver sus antebrazos fuertes. Sin chaqueta. Sin corbata.

Demasiado humano.

—Siéntate —dijo sin levantar la vista.

Emily dudó un segundo. Comer en un espacio diferente era una grieta en la monotonía. Una grieta por la que podía entrar algo de oxígeno.

Se sentó.

El aroma del pescado al horno y las verduras al vapor le abrió el apetito pese a todo.

—¿No tienes miedo de que intente escapar? —preguntó, llevándose el tenedor a la boca.

Caleb dejó la tableta a un lado con calma.

—¿Por la ventana? Estás en el tercer piso. Selladas ¿Por la puerta? Tres hombres armados entre tú y la salida principal. Turnos rotativos ¿Por el sistema? Cámaras térmicas, sensores perimetrales y un software que haría palidecer a una prisión de máxima seguridad ¿Por el bosque? Millas de terreno escarpado. Sin caminos. Con lobos y coyotes.

Se inclinó apenas hacia atrás en la silla.

—Adelante, Emily. Inténtalo. Me divertiría verlo.

No era una amenaza. Era una constatación matemática.

Ella estaba atrapada.

—Entonces, ¿por qué cenamos juntos? —preguntó ella, alzando la barbilla—. ¿Te divierte mi compañía o solo quieres vigilar cuánto mastico?

Esta vez sí la miró directamente y algo cambió.

—Quiero monitorizar tu alimentación personalmente —dijo primero, frío.

Luego, más bajo—. Y me intrigas.

El silencio se tensó.

—Pensé que para ahora estarías llorando. —continuó él.— Suplicando. Rota. Pero sigues desafiante. Sigues con ese fuego en la mirada que me hizo querer poseerte hace dos años.

El pasado cayó sobre la mesa como una chispa en un campo seco.

Emily sintió el calor subirle por el cuello.

—El odio es un excelente combustible.

Clavó el tenedor en el pescado con más fuerza de la necesaria.

—¿Es solo odio? —preguntó él.

Se inclinó hacia adelante. Su presencia llenó el espacio. Su voz descendió un tono.

—Ayer, en el atrio… cuando te toqué… no te apartaste por odio. Te estremeciste.

El recuerdo fue inmediato. Su mano rozando su cintura. La presión firme. El calor.

Emily bajó la vista.

—Fue asco.

Una risa baja, grave, vibró en el pecho de Caleb.

—Míentete si lo necesitas.

Se levantó despacio.

—Conozco ese estremecimiento. Lo provoqué antes. Cuando todo era champán y promesas. —Su voz se volvió más suave. Más peligrosa.— En el balcón de mi suite. Con la ciudad a nuestros pies. Temblaste igual cuando besé tu cuello.

El recuerdo la golpeó con violencia sensorial: el frío del cristal en su espalda, las luces de la ciudad parpadeando abajo, sus manos firmes sosteniéndola, su boca deslizándose por su piel.

Ella lo había deseado.

Lo había querido con una intensidad que la asustó.

Hasta que descubrió el verdadero alcance de su mundo.

—Eso fue antes de saber quién eras —murmuró.

—Te lo vuelvo a decir, yo siempre he sido el mismo.

Se detuvo a su lado. Demasiado cerca.

Su mano se apoyó en el respaldo de la silla. Se inclinó. Su aliento, cálido y con un leve rastro de vino tinto, rozó su oído.

—Tú decidiste creer en una versión más amable. La princesa jugando con el ogro… hasta que vio los colmillos. —El corazón de Emily golpeaba con fuerza.— Los colmillos siguen aquí —susurró él—. Y ahora estás en mi guarida.

Su voz descendió aún más.

—El odio puede ser combustible… pero el miedo y el deseo son chispas muy parecidas. Y tú estás llena de ambas.

Se enderezó y se alejó.

—Silvia te llevará arriba. Buenas noches, Emily.

Ella permaneció sentada. Temblando.

No solo de rabia. Había furia. Sí. Orgullo herido. Humillación, pero también una verdad vergonzosa que latía bajo su piel.

La chispa seguía allí.

Y en el encierro de aquella mansión, entre recuerdos de lujo, mentiras y caricias prohibidas, esa chispa podía convertirse en incendio.

Uno capaz de consumirlos a ambos.

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