Los días siguientes fueron un tira y afloja de silencios elocuentes y miradas cargadas. Caleb evitó la habitación de Emily, y en los escasos paseos que se reanudaron, caminaba varios pasos por delante, su espalda una pared de tensión impenetrable. El beso, como un fantasma tangible, colgaba entre ellos.Emily, por su parte, luchaba contra la confusión. El odio a Caleb era real, vívido. Pero el recuerdo de sus labios, de la posesividad cruda en su tacto, despertaba un calor bajo su piel que la avergonzaba. Lo atribuyó al estrés, al aislamiento, a la extraña intimidad forzada. No es él, se decía. Es la situación. Pero en sus sueños, la situación tenía sus ojos color ámbar y sus manos grandes que sabían dónde tocar.Una mañana, durante el paseo, intentó romper el hielo.—¿Los problemas… están resueltos? —preguntó, mirando la nuca de Caleb.Él no se volvió. —Temporalmente. En mi mundo, nada se resuelve para siempre. Solo se aplaza.—¿Y eso no te cansa?Esta vez, se detuvo y la miró p
Leer más