Capitulo 37

El día cincuenta y ocho trajo consigo una calma engañosa. La nieve caía en copos pesados y silenciosos, cubriendo la Fortaleza de la Luna Plateada con un manto que ocultaba las manchas de sangre y el barro de los patios. Astraea se encontraba en el sótano de las cocinas, clasificando raíces de invierno. Sus manos, antes delicadas por los aceites de la capital, ahora estaban curtidas, pero su mente se sentía más afilada que el cuchillo de Valerius que mantenía oculto.

La conexión mental con el Rey se había desvanecido con la primera luz del alba, dejando un eco de calidez en su pecho que la ayudaba a ignorar el tirón gélido de los gemelos.

El ambiente en la fortaleza cambió drásticamente hacia el mediodía. No fue un sonido lo que lo anunció, sino una presión en el aire, un cambio en la jerarquía del olor. El Alpha Thomas había bajado de sus aposentos privados.

Astraea estaba arrodillada frente al gran hogar de la cocina, limpiando las cenizas, cuando las botas pesadas del Alpha se detu
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