El día cincuenta y nueve se manifestó como una costra de hielo sobre los campos de entrenamiento. El ambiente en la manada era de una expectación contenida; el regreso de la "paria" no había sido el acto de humillación absoluta que los gemelos esperaban. Astraea se movía por la fortaleza como un fantasma de plata, silenciosa, eficiente y, lo más irritante para ellos, imperturbable.
Kaelen observaba desde el balcón del segundo piso cómo Astraea cargaba cubos de agua desde el pozo congelado hacia las caballerizas. Su loba interna seguía sin dar señales de vida, pero había algo en su forma de caminar, una ligereza que desafiaba el peso que llevaba, que hacía que el Alpha apretara la barandilla de piedra hasta que sus nudillos crujían.
—No se ha quejado ni una sola vez —dijo Killian, apareciendo a su espalda. Sus ojos estaban inyectados en sangre; el vínculo latente lo mantenía despierto por las noches, una picazón bajo la piel que no lograba calmar—. Silas dice que el Rey le dio leccione