El despertar en la Fortaleza de la Luna Plateada fue como emerger de un sueño profundo hacia una pesadilla de escarcha y piedra. El aire de las montañas del norte era una bofetada constante; no tenía la elegancia del frío de Draconis, que se sentía como seda fría. Aquí, el aire era un depredador que mordía los pulmones y recordaba a cada segundo que la vida era una concesión del Alpha.
Astraea permaneció encadenada a la pared de su celda subterránea durante las primeras horas de la madrugada. El frío del suelo de piedra subía por sus pies, pero el fuego en su interior, aquel que Valerius había ayudado a reconocer, no se apagaba. Las venas de plata en su nuca vibraban con una intensidad sorda, una señal de advertencia que solo ella podía interpretar.
La puerta de hierro se abrió con un estruendo que hizo eco en las profundidades del sótano. Kaelen entró primero, su figura recortada por la luz de una antorcha que sostenía un guardia. Tras él, Killian caminaba con esa elegancia perezosa