El día sesenta amaneció con un cielo de color plomo y un viento que arrastraba el olor de la resina quemada. En la Fortaleza de la Luna Plateada, el tiempo no se medía por horas, sino por el esfuerzo físico. Astraea llevaba despierta desde antes del alba, sus manos entumecidas por el agua helada de los fregaderos, pero su mente se mantenía en un estado de alerta cristalina.
La sensación de "presión" en su espalda ya no era solo un síntoma físico; era una brújula. Podía sentir la posición de Kaelen y Killian en el castillo sin necesidad de verlos, como dos focos de calor oscuro que se movían por los pasillos superiores.
El trabajo en las cocinas era una forma de tortura diseñada para humillar. Martha, la jefa de cocina, se aseguraba de que Astraea tuviera las tareas más pesadas: cargar sacos de harina de cincuenta kilos, fregar los calderos de hierro donde la grasa se pegaba como el odio, y soportar las zancadillas de los guerreros que pasaban por allí para burlarse.
Sin embargo, lo qu