El día sesenta amaneció con un cielo de color plomo y un viento que arrastraba el olor de la resina quemada. En la Fortaleza de la Luna Plateada, el tiempo no se medía por horas, sino por el esfuerzo físico. Astraea llevaba despierta desde antes del alba, sus manos entumecidas por el agua helada de los fregaderos, pero su mente se mantenía en un estado de alerta cristalina.
La sensación de "presión" en su espalda ya no era solo un síntoma físico; era una brújula. Podía sentir la posición de Kae