El día sesenta y dos no trajo un sol claro, sino un resplandor mortecino que apenas lograba perforar la bruma de azufre del Valle de los Lamentos. El aire pesaba como el plomo, y cada vuelta de las ruedas del carruaje sobre la grava suelta sonaba como una cuenta atrás. El destino ya no era una posibilidad lejana; era una mole de granito gris que se alzaba en el horizonte: la Piedra Fronteriza de los Lamentos.
Astraea vestía la túnica de lana más gruesa que poseía, pero no era el frío lo que la hacía temblar. Era la estática. El aire alrededor del carruaje vibraba con una energía hostil, una frecuencia que solo ella parecía captar. Sus omóplatos ardían, y las líneas plateadas de su nuca palpitaban con tal fuerza que sentía que el latido le llegaba a los dientes.
El carruaje se detuvo con un chirrido final. Valerius ya estaba fuera, flanqueado por Mikhail y Soren, quienes mantenían sus manos sobre las empuñaduras de sus espadas. Frente a ellos, a menos de cincuenta metros, se alzaba la