El día sesenta y dos no trajo un sol claro, sino un resplandor mortecino que apenas lograba perforar la bruma de azufre del Valle de los Lamentos. El aire pesaba como el plomo, y cada vuelta de las ruedas del carruaje sobre la grava suelta sonaba como una cuenta atrás. El destino ya no era una posibilidad lejana; era una mole de granito gris que se alzaba en el horizonte: la Piedra Fronteriza de los Lamentos.
Astraea vestía la túnica de lana más gruesa que poseía, pero no era el frío lo que la