El día cincuenta y siete comenzó con un revuelo inusual en el patio de armas de la fortaleza. Un jinete solitario, portando el estandarte negro y oro de la corona, había sido detenido en la puerta principal. Bajo la estricta mirada de los arqueros del norte, el mensajero entregó un pequeño cofre de madera de sándalo y un sobre lacrado con el sello personal del Rey Lycan.
Astraea fue convocada al gran salón, donde el Alpha Thomas y sus hijos la esperaban con una hostilidad que se podía palpar en el aire. Silas permanecía a un lado, con los ojos entrecerrados, analizando cada detalle de la escena.
El cofre descansaba sobre la mesa de piedra, rodeado por la frialdad de los guerreros de la Luna Plateada. Thomas hizo una seña con la cabeza para que Astraea se acercara.
—Ábrelo —ordenó el Alpha—. Veamos qué clase de baratijas te envía tu protector para intentar mantener su presencia en mis tierras.
Astraea dio un paso adelante. Sus dedos, que todavía olían al heno de los establos, rozaron e