Capítulo 189: El Eco de la Sed
El tirón en su tobillo fue tan gélido que Astraea sintió que su propia sangre se cristalizaba. La mano de plata podrida, emergiendo de las profundidades del salón de obsidiana, no buscaba dañarla físicamente; buscaba reclamar el espacio que la ausencia de Valerius había dejado en su alma. Mientras era arrastrada hacia el foso que se abría bajo el trono, el aroma a cedro, antes reconfortante, se tornó en una nota pútrida de carne en descomposición, una señal de que