El reloj del pasillo marcaba las dos de la madrugada. El silencio en el apartamento era casi absoluto, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado. Ana llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, mirando el techo, incapaz de conciliar el sueño. Todo era demasiado nuevo: el cuarto, la cama enorme, el aroma a madera pulida… y, sobre todo, la sensación de estar bajo el mismo techo que Leonardo Santori.
Suspiró y se sentó. El brillo de la luna se colaba entre las cortinas, tiñendo d