Mientras Ana disfrutaba del milagro del nacimiento de su hijo, el licenciado Bustamante se movía sin descanso entre oficinas y juzgados.
Con cada documento en sus manos, sentía que estaba más cerca de lograr lo que había prometido: la libertad de Leonardo Santori.
El despacho del juez estaba en silencio cuando el abogado depositó sobre el escritorio una carpeta gruesa con sellos y firmas.
—Aquí están las pruebas, su señoría —dijo con voz firme—. Los documentos originales de la empresa Santori C