El sonido insistente del timbre despertó a Ana aquella mañana. Abrió lentamente los ojos y, al girar hacia su lado, notó que la cama estaba vacía. Leonardo ya no estaba.
Se sentó despacio, aún algo adormecida, y buscó la bata que colgaba en la esquina del tocador. Se la colocó y salió al pasillo, guiada por el suave aroma del café recién hecho.
En la cocina, Carmen estaba como siempre: puntual, organizada, con su delantal impecable.
—Buenos días, señora Ana —saludó con amabilidad—. ¿Durmió bien