Los días habían pasado como un suspiro.
El bullicio, las lágrimas y el dolor de los últimos meses parecían un recuerdo distante. Leonardo había retomado su vida, poco a poco, con la serenidad de quien aprendió a valorar lo esencial: la libertad, el amor y el calor de un hogar.
Ana, por su parte, se despertaba cada mañana con el corazón lleno de gratitud.
Había pasado por la tormenta, pero allí estaba, viva, amada, con su esposo a su lado y un pequeño milagro durmiendo en su pecho. Luciano se ha