La puerta del ala sur era el único lugar de la hacienda que no cedía.
No era arrogancia. Era observación práctica: llevaba tres días en esta propiedad y había abierto cada puerta que había intentado abrir.
La hacienda no ponía resistencia. Las cerraduras viejas giraban. Los goznes oxidados cedían con presión suficiente. Incluso las ventanas del segundo piso que no habían sido abiertas en años se abrieron cuando lo intenté.
Excepto esa.
A las nueve de la mañana del cuarto día fui al ala sur con