Mundo ficciónIniciar sesiónEl paisaje tardó dos horas en volverse interesante.
Ciudad primero — autopistas, neón apagándose al amanecer, construcción gris permanente. Luego monte. Luego curvas. Luego el camión subiendo con esfuerzo visible mientras el verde afuera se oscurecía por grados.
Tenía la carta de Bermeo en la bolsa. No la saqué.
Sonia decía que viajar en camión era de gente sin opciones. Viajó en camión toda su vida.
Cerré ese archivo.
***
Oaxaca ciudad: cuarenta minutos de transbordo. Compré agua en un puesto afuera de la terminal. El hombre del puesto me entregó el cambio sin mirarme.
—¿Sigue el camión a San Cristóbal de las Piedras? —dije.
Me miró entonces. El mismo segundo de más que el hombre de la mochila en la terminal del norte.
—Sale en veinte. Explanada lateral. —Pausa.— ¿Conoce gente allá?
—Voy a una hacienda.
Dos segundos de silencio.
—Ah. —Recogió las monedas.— Buena suerte.
Buena suerte, no buen viaje. Guardé la diferencia.
***
El segundo camión era de diez asientos, Virgen de Guadalupe pegada al tablero con cinta adhesiva, sin aire acondicionado.
Carretera razonable, luego terracería, luego brecha entre árboles con copas tan cerradas que la luz llegó verde y filtrada y la temperatura bajó sin avisar.
Los pasajeros fueron bajando en paradas sin nombre — un cruce, una tienda sola en el monte, dos hombres en unas piedras que no levantaron la vista — hasta que quedé sola.
El chofer frenó. Abrió la puerta. No dijo nada.
Bajé.
***
San Cristóbal de las Piedras era real en la manera en que son reales los pueblos que no esperan que los visiten.
Adobe encalado, iglesia de piedra gris, calles empedradas con olor a leña y pino húmedo. Sin señal en el teléfono. Un señor de elotes en la esquina.
Dos mujeres junto a la iglesia que dejaron de hablar en el segundo exacto en que me vieron.
Aún no había hecho nada. Ya era una anomalía.
—¿Hacienda Oscura?
La voz venía de mi derecha.
Pelo rizado cortísimo, piel morena, cámara sin funda en el pecho, libreta espiral en la mano izquierda con el bolígrafo listo. Botas de campo con barro seco. La mirada de alguien que pregunta por oficio.
—¿Tan obvio se me nota? —dije.
—Llevo seis meses aquí. Conozco las caras. —Extendió la mano.— Zuri Castellanos. Periodista. Reportaje sobre la hacienda desde enero. Nadie de adentro me ha abierto la puerta. ¿Usted quién es?
—Valentina Roux. Heredé la propiedad.
Zuri bajó la libreta. El bolígrafo dejó de moverse.
—Ezequiel Montecreaux —dijo. No como pregunta.
—Sí.
—¿Sabe en qué se está metiendo?
—Todavía no.
Asintió. Caminó tres pasos a la banca más cercana y se sentó. Hizo un gesto al espacio de al lado.
Me senté.
—Hace cuatro meses —dijo—, una mujer del pueblo subió a la hacienda. Doña Catalina, setenta años. Quería preguntar si había trabajo. —Pausa.— Regresó al día siguiente. Caminó cuatro kilómetros desde la brecha sola, a las tres de la mañana. No habló durante dos semanas. Cuando volvió a hablar, no recordaba haber ido. Nada. Ni el camino. Ni la hacienda. Ni haber regresado.
—¿Qué le pasó?
—Eso es lo que reporto. —Su tono: plano, no dramático. La clase de plano que usan las personas cuando saben que lo que dicen suena exagerado y prefieren que el peso hable solo.— Hay otras historias. Ninguna con testigos claros. Muchas con huecos.
—¿Ha intentado entrar usted?
—Tres veces. Las tres llegué al portón y encontré razones para no entrar que en el momento me parecieron racionales y después no supe explicar. —Se encogió de hombros como dato, no como gesto.— Eso también es parte del reportaje.
Lo guardé todo: Catalina, la palabra huecos, las tres veces de Zuri frente al portón. Y el hecho de que llevara seis meses en un pueblo sin razón aparente excepto una hacienda que no la dejaba entrar.
—¿Por qué me dice esto ahora, antes de que entre? —dije.
—Dos razones. —Un dedo.— Si algo le pasa adentro, quiero que alguien haya sabido que le advertí. —Otro dedo.— Y si usted entra donde yo no pude, quizás puede contarme algo después. —Señaló hacia el norte de la plaza.— Ford blanco. Don Abundio. Él la sube.
Arrancó una hoja de la libreta. Me la extendió.
—Casa de doña Remedios, fachada azul. A cualquier hora.
A cualquier hora. No en horario razonable. A cualquier hora.
Tomé el papel. Lo guardé sin leerlo.
—Una cosa más —dijo cuando me levanté.
Me detuve.
—Doña Catalina. Lo primero que dijo cuando volvió a hablar fue una frase que nadie de aquí entendió. —Pausa calculada.— "Huelen distinto a nosotros. Y lo saben."
—¿Quiénes huelen distinto?
—Eso es lo que llevo seis meses tratando de descubrir. —Una pausa final.— Tenga cuidado, señorita Roux. Y si puede, tome notas.
Me fui a buscar el Ford.
***
Don Abundio no habló en todo el trayecto. Brecha entre árboles, motor esforzándose, luz verde y filtrada, temperatura bajando sin avisar.
A mitad del camino, el Ford frenó.
Un perro. Mediano, pelo oscuro, quieto en el centro exacto de la brecha, ojos fijos en el parabrisas. Don Abundio tocó el claxon. El perro no se movió. Tocó de nuevo. Nada.
—¿Es del pueblo? —pregunté.
Don Abundio bajó la vista al volante.
Esperamos cuarenta segundos. Luego el perro se hizo a un lado — despacio, sin apuro, como alguien que termina algo y se retira porque ya terminó, no porque le pidan. Don Abundio arrancó sin comentario.
Cinco personas en un día. El hombre de la mochila, la mujer del sándwich, el del puesto de agua, don Abundio, Zuri. El mismo patrón en todos: reconocimiento, pausa, silencio elegido. Ninguno había dicho nada útil. Todos habían dicho exactamente lo suficiente para que yo notara que había algo que no decían.
El camino hizo una curva.
Muros de piedra negra volcánica entre los árboles, contra el atardecer que empezaba a volverse rojo. Absorbían la luz en lugar de reflejarla. No eran imponentes — eran permanentes. La clase de presencia que tienen las cosas que llevan mucho tiempo en un lugar sin pedir permiso.
Algo en el pecho. No miedo. No euforia. Algo sin nombre en mi inventario de estados conocidos.
Como si el lugar me conociera antes que yo a él.
Y lo peor: esa sensación no me dio miedo.
Me dio hambre de entrar.







