Mundo ficciónIniciar sesiónMe acosté. Apagué la lámpara. Escuché el silencio de la hacienda.
No dormí.
No era miedo. Era el cerebro en el estado que mejor conoce: información incompleta, variables sin resolver, necesidad activa de más datos.
Ezequiel había vivido aquí. En algún punto de esta estructura había algo que lo explicaba a él, a la cláusula, al ala sur, a los tres hermanos con temperatura corporal anómala.
A la una y cuarto evalué la regla de Perla: si escucha algo que no entiende. No había escuchado nada sin explicación estructural disponible. Viento. Vigas trabajando en el frío. Jazmín.
La regla, entendida literalmente, no aplicaba todavía.
Me puse los zapatos y salí.
***
La hacienda de noche era más densa. La piedra negra sin luz era más negra y más piedra. El olor dulce sin nombre — más evidente ahora, como si el frío lo concentrara.
La lámpara del teléfono proyectaba un círculo pequeño que hacía todo lo demás más oscuro por contraste.
Bajé las escaleras. Corredor norte. La biblioteca, puerta entreabierta, lámpara encendida adentro.
Entré.
Papel viejo, cuero, aceite de lámpara. Tres paredes de estantes del piso al techo. Mesa de lectura larga en el centro.
Y en el escritorio más pequeño contra la pared, un papel suelto con escritura a mano que desde la puerta no alcanzaba a leer.
Y junto a la ventana, de pie, mirando hacia afuera: un hombre.
No era Dante. Más delgado, menos carga en los hombros. La postura de alguien cuyo cuerpo nunca aprendió a ponerse en guardia porque nunca necesitó hacerlo. Pelo con las puntas más claras que el resto. Se dio la vuelta cuando entré.
Ojos verde miel. Cara tranquila — no indiferencia, presencia completa. Joven en apariencia. Pero la manera en que me miró no era joven en ningún sentido que importara. Era la mirada de alguien que tiene tiempo de sobra y lo ha tenido siempre.
—Sabía que alguien iba a venir —dijo.
—¿Cómo?
—El calor cambia cuando alguien en la casa no está durmiendo. —Pausa.— Y llevas tres horas dando vueltas en el cuarto.
—¿Escuchas a través de los muros?
—A veces. —Sin énfasis, como dato.— Sael. Y tú eres Valentina.
—Perla les dijo mi nombre.
—Sí. Y Ezequiel nos habló de ti antes. ¿Buscas algo específico?
—Información sobre mi padre. No lo conocí. Me dejó una hacienda con una cláusula que nadie explica por escrito y un ala sur que la ama de llaves me impide tocar. Trabajo con lo que tengo.
Sael se apartó de la ventana y caminó hasta el escritorio. Recogió el papel suelto, lo consideró un segundo, lo dejó donde estaba.
—¿Qué dice? —pregunté.
—¿Quieres ver?
—Sí.
Me lo extendió. Escritura a mano, tinta azul, letra irregular de quien escribe rápido porque el pensamiento va más rápido que la mano.
La página incompleta — cortada a la mitad de una oración. En la tercera línea, mi nombre:
Valentina llega sin saber lo que trae. Esto es lo que más me preocupa: que llegue sin preparación y que ellos tampoco estén.
Me quedé mirando esas líneas.
La letra de alguien que pensó en mí con suficiente concreción para escribir mi nombre. Que se preocupó por algo que yo todavía no podía ver.
Que eligió no decirme nada en vida y dejó sus preocupaciones en papeles que yo iba a encontrar después de que ya no pudiera preguntarle nada.
Decidió que existía cuando ya no podía hablar. Otra vez.
La rabia que sentí era diferente a la del primer día. Más quieta. Más informada. No rabia de abandono — rabia de alguien que empieza a sospechar que el abandono tenía razones, y que esas razones llevaban veintiocho años esperando en esta hacienda.
Devolví el papel.
—¿Cuándo escribió esto?
—Hace tres semanas. Poco antes de morir.
—¿Hay más?
—En el ala sur. Todo lo que dejó para ti está ahí. —Me miró.— Pero hay un orden. Bermeo primero. El ala sur después.
—¿Quién estableció ese orden?
—Ezequiel. No es arbitrario. Tiene lógica cuando llegas al final.
***
Volví a los estantes. Necesitaba moverme.
Pasé la linterna por los lomos: latín, francés del siglo XVII, y una sección entera con caracteres que no pertenecían a ningún sistema de escritura que yo hubiera visto en cinco años de trabajo con idiomas.
—¿Qué idioma es este?
—Uno que ya no se usa en superficies visibles. —No era evasión. Era precisión de otro tipo.
Sael estaba a menos de un metro. Calor constante y bajo — diferente al de Dante. Menos agresivo.
Más parecido a una fuente que lleva encendida demasiado tiempo. Incorrecto para la temperatura de las montañas a la una de la mañana.
Noté que cuando hablaba, su cuerpo se inclinaba dos centímetros hacia el origen de mi voz. Lo verifiqué la segunda vez.
La tercera lo hice a propósito — cambié de posición, puse dos metros entre nosotros. Dos minutos después, Sael había reducido esa distancia sin que yo lo viera moverse.
—¿Ezequiel te habló de mí específicamente?
—Que eres traductora. Que no tienes relación activa con tu madre. Que vendrías aunque no supieras por qué. —Pausa.— Tenía razón en las tres.
—¿Qué más?
Sael cerró los ojos.
No como cuando uno parpadea ni como cuando piensa. Los cerró de manera diferente — deliberada, hacia adentro, con la concentración con que uno escucha algo en el límite del alcance auditivo.
Dos segundos. Tres. Cuando los abrió, algo había cambiado en su expresión. No supe qué.
—Que eres difícil —dijo.
—¿Te dijo eso?
—No con esas palabras. —Una pausa.— Pero es lo que siento.
La manera en que dijo siento no era como creo o me parece. Era literal. Lo noté. No lo comenté.
—¿Y ellos? —dije.— La nota dice que ellos tampoco están preparados. ¿Para qué?
Sael no respondió de inmediato. Volvió a la ventana. Miró afuera dos segundos — el mismo gesto con que había estado cuando entré, como si la oscuridad del cerro le dijera algo que el interior de la biblioteca no podía.
—Para lo que tú eres —dijo finalmente.— No lo que haces. Lo que eres. —Pausa.— Y todavía no lo sabes.
Lo guardé. No lo presioné. Había un muro y el muro tenía nombre: Bermeo. Tres días.
***
Algo crujió en el corredor exterior — madera en el frío, el sonido constante de toda la noche. Sael giró la cabeza hacia la puerta con una velocidad que no correspondía a escuchar un crujido.
Demasiado rápido. El reflejo de alguien que ya lo esperaba o que no puede evitar responder a ese sonido específico.
Cuatro segundos inmóvil. Luego volvió a mirarme.
—Valentina.
Solo el nombre. Sin verbo. Sin instrucción.
Me detuve en el umbral. Un segundo. Dos.
Seguí caminando.
***
De vuelta en mi cuarto, cerré la puerta y me quedé en el filo de la cama sin encender la luz.
El jazmín del patio. El frío del piso de piedra. La nota de Ezequiel. Que ellos tampoco estén preparados.
Que ellos tampoco.
Luego: del otro lado de la puerta, el sonido de alguien conteniendo la respiración. No pasos. No movimiento.
Solo el ajuste preciso del pecho cuando alguien decide, en un momento exacto, dejar de respirar normalmente.
Lo sostuve cuatro segundos. Cinco. Luego se fue.
No debería haber salido del cuarto. No porque tuviera miedo. Sino porque en menos de una hora, la cosa más peligrosa que había visto en años me había aprendido el nombre — y acababa de quedarse del otro lado de mi puerta a escuchar si dormía.







