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Capítulo 5 — El que nunca sonríe

Pasos en el corredor de abajo a las siete cincuenta y ocho. Regulares, sin apuro.

Los escuché desde la cama donde había estado despierta los últimos treinta minutos. El ritmo de esos pasos no era el de alguien que calcula la hora.

Era el de alguien para quien la impuntualidad simplemente no existe como posibilidad.

Me puse la ropa del día anterior. Bajé a las ocho y tres minutos.

***

Mesa del comedor: servicio para uno, extremo de la ventana. Pan, fruta, café humeante. Me senté. Me serví. Perla no estaba.

A los dos minutos, la puerta lateral.

Caminó hasta el extremo opuesto — seis sillas de distancia — y se sentó con el movimiento de alguien que ha eliminado todo lo innecesario de sus acciones a lo largo de mucho tiempo de práctica.

Tomó la taza que ya estaba servida frente a él.

Me miró una vez. Breve.

Ojos ámbar. No ámbar como tono cálido de marrón — ámbar mineral, denso, con una claridad que tardé un segundo en procesar como real. Ese segundo fue suficiente para que él lo registrara.

—El proceso de verificación legal tomará tiempo —dijo. Sin preámbulo.— Puede quedarse mientras dura.

Puede. La palabra cayó entre los dos.

—No me quedé porque me lo permite, señor Montecreaux. —Lo miré directamente.— Me quedé porque la hacienda es legalmente mía mientras el proceso dura. Son cosas distintas.

Silencio.

Luciano — porque era Luciano, lo supe por eliminación y por el peso que tenía en el espacio: no el peso físico sino el que produce estar mucho tiempo siendo la autoridad indiscutida en un lugar y ya no necesitar recordárselo a nadie — dejó la taza en el plato.

Me observó sin enojo. Con la atención que le prestas a algo que acaba de hacer un movimiento que no anticipabas.

El ámbar de sus ojos se oscureció. Una fracción de segundo. Solo lo suficiente para ser diferente.

—Ezequiel habló de usted —dijo.

—Ya me dijeron. Su hermano anoche también.

—¿Habló con Sael?

—Fui a la biblioteca a la una. Él estaba ahí. Me mostró una nota. —Pausa.— "Que llegue sin preparación y que ellos tampoco estén preparados." ¿A qué se refería?

Luciano no respondió de inmediato. Tomó una rebanada de pan, la puso en su plato, no la comió. No buscaba una respuesta — decidía cuánto de la que ya tenía iba a dar.

—Ezequiel sabía lo que eres —dijo finalmente.

—Soy traductora independiente.

—Eso es lo que hace. No es lo que eres. —Pausa.— La diferencia importa en esta hacienda más de lo que ha importado en cualquier otro lugar donde haya estado.

—¿Qué soy entonces?

—Todavía no lo sabe. Eso era lo que preocupaba a Ezequiel.

Me serví más café y dejé que el silencio trabajara. Luciano lo aguantó. No moví ninguna pieza.

La puerta lateral se abrió.

Dante cruzó el comedor sin detenerse — del umbral al corredor opuesto en doce pasos, sin mirarme. Pero antes de salir, miró a Luciano. Un segundo.

El intercambio tenía la estructura de una conversación que empezó antes de que yo llegara al desayuno y que iba a continuar después. Luciano respondió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. Dante salió.

—¿Hablaban de mí? —dije.

—Llevamos dos días hablando de usted. —Sin ironía. Como dato.— Desde que llegó.

—¿Qué parte de mí genera esa conversación?

—La parte que todavía no puede ver. —Pausa.— Y que nosotros sentimos desde anoche.

Sentimos. La misma palabra que Sael en la biblioteca. Literal. No coloquial — literal.

—¿Qué sienten exactamente?

Luciano me miró. El ámbar se oscureció de nuevo, más que antes. Esta vez aguanté más tiempo.

—Ezequiel lo llamaba intensidad. Dijo que usted lo tenía desde pequeña. Que Sonia lo notó también pero no supo qué era. —Pausa.— Nosotros lo notamos de otra manera. Más directamente.

—¿Qué es?

—Ezequiel dejó la explicación en el ala sur. Quería que lo leyera en sus palabras. —Firmeza sin hostilidad — respeto a un acuerdo.— Tres días más.

No le di más preguntas sobre eso. El muro tenía fecha.

—¿Sonia sabe que estoy aquí? —preguntó.

Me detuve.

—¿Cómo conoce a Sonia?

—Ezequiel nos habló de ella durante más tiempo del que nos habló de usted. Mucho más. Desde antes de que usted naciera. —Pausa.— Lo que sea que Sonia le ocultó sobre este lugar, lo ocultó por miedo. No por malicia. Eso me parece importante que lo sepa.

Lo guardé todo: el orden de las menciones, el "desde antes de que usted naciera", el hecho de que Luciano distinguiera entre miedo y malicia como si tuviera criterio real para hacerlo.

—¿Y usted? —dije.— ¿Me oculta cosas por miedo o por malicia?

El ámbar se oscureció más que ninguna vez anterior. No llegó a negro. Se quedó en un marrón muy oscuro que no era el color que tenían cuando entró.

—Por orden —dijo.— Bermeo primero. El ala sur después. Nosotros al final.

—¿Por qué al final?

—Porque lo que somos necesita que usted haya visto primero lo que Ezequiel dejó escrito. Sin eso, somos solo tres hombres raros en una hacienda en las montañas. —Pausa.— Con eso, es otra cosa.

—¿Peligrosa?

—Depende de lo que haga con lo que encuentre.

Se levantó. Empujó la silla con la misma exactitud con que hacía todo. En el umbral, se detuvo. No se dio la vuelta.

—La hacienda tiene reglas, señorita Roux. No las pongo yo. Las pone lo que soy. Apréndalas rápido.

Salió.

***

Lo que soy. No quién. No cómo. Lo que.

Perla el primer día. Luciano ahora. La misma estructura gramatical, como si fuera la única categoría disponible para algo que no cabía en las habituales.

Llevé la taza al fregadero. Perla apareció desde la alacena con la puntualidad de alguien que había estado esperando a que yo terminara.

—¿Necesita algo? —dijo.

—Información sobre el ala sur.

Una pausa de dos segundos.

—La cláusula del testamento la cubre. Bermeo se la explicará el jueves.

—Ya sé lo que dice Bermeo. Le pregunto a usted.

Perla me miró. Por primera vez desde que llegué, su cara neutral tuvo una grieta. No era emoción visible — era el esfuerzo de no mostrar emoción visible, que es diferente.

—Ezequiel escribió mucho en los últimos meses —dijo finalmente.— Todo está ahí adentro. —Pausa.— Fue hombre de palabras más que de acciones. Eso lo lamenta todavía, creo yo.

Salió antes de que yo pudiera preguntarle qué significaba todavía dicho sobre un hombre muerto.

Pero lo guardé: Perla había dicho "todavía" sobre alguien que llevaba más de un mes enterrado. Y no parecía un error.

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