La pesadilla era siempre la misma.
El cuarto pequeño de la casa de Naucalpan, la llave girando por el lado de afuera, tres días sin que nadie abriera la puerta. El hambre que al tercer día dejaba de sentirse como hambre y se volvía solo un zumbido de fondo.
Y la voz de Sonia a través de la madera diciéndole que cuando aprendiera a no hacer preguntas que hacían daño, la dejaría salir.
Me desperté sin hacer ruido.
Lo sé porque no me senté de golpe ni grité. Me desperté con los ojos abiertos de fr