Mundo ficciónIniciar sesiónDon Abundio frenó frente al portón y apagó el motor. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente.
No explicó por qué no avanzaba más. No era necesario. Pagué. Bajé la bolsa. Antes de que cerrara la puerta, dijo sin voltearse:
—Si decide bajar de noche, no tome la brecha. Hay otro camino por el lado este. Sale directo al pueblo. Pregunte a Perla.
Cerré la puerta. El Ford arrancó y desapareció en la curva antes de que yo terminara de girarme.
Don Abundio sabía el nombre de la persona adentro. Había dicho que no habló en todo el trayecto.
***
El portón: madera vieja, herrajes de hierro forjado en un patrón casi simétrico pero no del todo. Diseño entre decorativo y funcional sin ser claramente ninguno de los dos. Estaba entreabierto.
Lo empujé.
Corredor de entrada: piedra negra volcánica, techo alto, vigas de madera oscura. El piso de cantera amortiguaba el sonido más de lo que debería.
Al fondo, un patio. Del patio llegaba jazmín de noche — denso, blanco, sin posibilidad de error en la identificación.
Eran las seis y cuarto de la tarde. El jazmín nocturno florece después de las diez cuando baja la temperatura.
Aquí florecía con la luz todavía arriba.
Debajo del jazmín: otro olor. Más quieto. Dulce de una manera que no correspondía a ninguna especie floral o química que yo pudiera identificar. Impregnado en la piedra, no flotando sobre ella.
Lo anoté. Sin teoría.
Busca los defectos. Si encuentras suficientes, no puede atraparte.
Intenté el método. Las junturas entre las piedras: demasiado perfectas para doscientos años de edificio — sin grieta, sin parche, sin ninguno de los indicadores normales de mantenimiento acumulado.
Las vigas olían a cedro activo, reciente, pero la pátina decía décadas. El piso transmitía temperatura demasiado pareja para ser piedra natural sin calefacción visible.
La hacienda era habitada. No de museo. Viva de un uso largo por personas que realmente vivían aquí.
***
—Señorita Roux.
La mujer apareció desde un corredor lateral con el paso de alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa y lo usa todo.
Cincuenta y tantos años, espalda recta, pelo gris en chongo bajo sin un solo mechón suelto.
Delantal blanco sobre ropa oscura. Cara neutral — no la neutralidad de quien no siente, sino la de quien lleva mucho tiempo decidiendo cuánto mostrar.
—Perla Oñate. Me encargo de la casa. —Pausa.— Los señores esperaban su llegada.
—¿Cuántos señores?
—Tres hermanos. Llevan mucho tiempo aquí.
—¿Cuánto?
—Más de lo que parece conveniente explicar en una primera tarde. —No era hostilidad. Era el tono de quien conoce la diferencia entre lo que le corresponde decir y lo que no.— ¿Recorrido o su cuarto primero?
—Recorrido.
Perla caminó. La seguí.
Corredor norte: techo más alto, cedro en vigas, biblioteca con la puerta entreabierta — estantes del suelo al techo, lámpara encendida en el fondo.
Sala con muebles de uso real, no de decoración. Comedor con mesa para doce.
Al final del corredor oeste, antes de doblar: una puerta diferente. Más nueva que las demás. Herrajes que no coincidían con el resto de la hacienda. Sin manija exterior. Solo un cerrojo con llave.
Me detuve frente a ella.
—¿Qué hay aquí?
—El ala sur. —La voz de Perla cambió en un grado que solo noté porque estaba prestando atención.— Está sellada. Ezequiel lo pidió.
La cláusula del testamento indica que usted puede abrirla cuando el proceso legal esté completo.
Extendí la mano hacia el cerrojo.
La mano de Perla llegó antes que la mía.
Me sujetó la muñeca — no con fuerza, pero con la firmeza precisa de quien sabe cuánta presión necesita para ser efectivo. Era la primera vez que mostraba algo que no fuera neutralidad calculada. Nos miramos.
—Todavía no —dijo.
Dos palabras. Sin elaborar. Soltó mi muñeca.
Seguimos caminando.
Perla tenía instrucciones sobre esa puerta y estaba dispuesta a hacerlas cumplir físicamente. Lo guardé.
***
Doblamos hacia el ala este.
Fue limpio y sin aviso: algo sólido me detuvo en seco. Dos manos en mis hombros — el reflejo de quien para un impacto antes de que ocurra.
Mi paso me empujó contra esa resistencia. La resistencia no cedió ni un centímetro.
Levanté la vista.
Alto. Pelo negro. Cicatriz desde la sien izquierda demasiado limpia para ser accidental — las accidentales tienen bordes irregulares, esta no.
Ojos oscuros, casi negros en el corredor con poca luz, con la expresión de alguien que procesa un dato inesperado sin ninguna sorpresa.
Sus manos seguían en mis hombros.
El calor que sentí a través de la tela era incorrecto. No el calor leve de una mano — excesivo, concentrado, el calor de una superficie que lleva horas bajo el sol directo.
Estábamos en un corredor interior a las seis de la tarde con la piedra fría a mi espalda.
Cuatro segundos. Cinco.
El calor se extendió desde mis hombros hacia la base del cuello y bajó por la espalda de una manera que no era solo temperatura.
Era presión sin contacto. Como si el calor tuviera peso y ese peso supiera a dónde ir.
Me molestó que lo notara. Mucho más de lo que debería.
Me evaluó de arriba a abajo — rápido, una sola vez. Cara, postura, bolsa, cara de nuevo. No era interés. Era otra clase de lectura que no supe clasificar.
Se soltó. Siguió caminando como si el impacto hubiera sido una variable menor del trayecto. Desapareció por la puerta al fondo sin decir nada.
El calor en mis hombros tardó en irse. No desapareció con su distancia.
Tardó.
—Don Dante —dijo Perla desde detrás de mí, sin énfasis.— El segundo de los señores.
—¿Tiene fiebre?
Una pausa de un segundo completo.
—No. Así es siempre.
Seguí caminando. Anoté el calor, cómo se extendió, cuánto tardó en irse. Sin conclusión. Solo los hechos.
***
Mi cuarto: ala este, segundo piso, ventana al patio del jazmín. Cama de madera tallada con colchón nuevo — alguien lo había reemplazado recientemente, el resorte sin historial. Escritorio junto a la ventana. Lámpara eléctrica que funcionaba.
Perla dejó mi bolsa junto al armario. En la puerta, de espaldas:
—Una sola regla, señorita Roux. Si escucha algo en la noche que no entiende, quédese en su cuarto hasta el amanecer.
—¿Qué voy a escuchar?
Pausa. Más larga que cualquiera de las anteriores.
—Eso depende de la noche.
Y antes de que yo respondiera:
—Buenas noches.
Cerró la puerta.
Me quedé mirando la puerta cerrada. El jazmín del patio. El olor dulce sin nombre, más suave ahora, como si la noche lo amortiguara.
La piedra de las paredes que no era fría a las siete de la noche en las montañas de Oaxaca, aunque debería serlo.
Tres datos de Perla en una tarde: sujetó mi muñeca para alejarme del ala sur; respondió la pregunta sobre esa puerta antes de que yo llegara a ella, como si supiera exactamente dónde me iba a detener; y ahora me advertía sobre sonidos nocturnos sin decirme qué eran.
La instrucción más inquietante que alguien puede dar es la que no explica qué estás evitando.
No era su hacienda. Pero la protegía como si lo fuera.
Eso, más que cualquier otra cosa de la tarde, me mantuvo despierta.







