El desayuno del segundo día lo hice sola durante diez minutos y creí que así iba a quedar.
La cocina era grande, funcional, con estantes hasta el techo y una ventana que daba al patio lateral donde crecía algo que no era jazmín pero que olía parecido de mañana.
Había café negro en la cafetera, pan del día anterior todavía aceptable, fruta que Perla había dejado cortada en el mismo tazón de siempre.
Me senté en el banco más cercano a la ventana con los documentos de Bermeo al lado de la taza por