El notario Bermeo llegó el jueves a las diez de la mañana en un Volkswagen gris con las placas de Oaxaca ciudad.
Era un hombre de sesenta y tantos años, traje oscuro impecable, portafolio de cuero que costaba lo que yo ganaba en dos meses de trabajo bueno.
Entró a la hacienda sin mirar a los lados, sin examinar los muros, sin ninguna de las reacciones que produce la primera vez que uno entra a este lugar. Había estado aquí antes. Muchas veces.
Perla nos reunió en el salón principal: yo en la si