El notario Bermeo llegó el jueves a las diez de la mañana en un Volkswagen gris con las placas de Oaxaca ciudad.Era un hombre de sesenta y tantos años, traje oscuro impecable, portafolio de cuero que costaba lo que yo ganaba en dos meses de trabajo bueno.Entró a la hacienda sin mirar a los lados, sin examinar los muros, sin ninguna de las reacciones que produce la primera vez que uno entra a este lugar. Había estado aquí antes. Muchas veces.Perla nos reunió en el salón principal: yo en la silla más cercana a la puerta, que era donde me senté porque era donde me senté, Bermeo en la silla frente a mí, y detrás de él, sin que nadie los hubiera convocado o hubiera dicho cuándo llegar, los tres hermanos.Luciano junto a la chimenea. Sael en el borde del sofá más alejado. Dante de pie en el corredor lateral, con la puerta entreabierta, visible por el margen de la puerta como alguien que prefiere tener la salida a la vista.Bermeo abrió el portafolio. Sacó dos sobres. Uno era el mismo que
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