El patio de la hacienda a las tres de la tarde olía a tierra y a jazmín y a la piedra volcánica calentada por el sol de la montaña.
Estaba sola cuando llegó Luciano. Había salido del despacho con la excusa de tomar aire y me había quedado más tiempo del que planeaba, con el folder de precedentes abierto en las rodillas sin estar leyéndolo realmente.
Lo que me sorprendió no fue que llegara —era su hacienda, podía ir a cualquier cuarto sin justificarlo— sino que se sentara.
No en la silla del otr