Federico se plantó frente a la puerta como un muro de acero, con los ojos encendidos de una mezcla de miedo, rabia y desesperación.
—No vas a irte —dijo con voz grave, casi al borde de romperse.
Ellyn se detuvo en seco, giró lentamente hacia él, incrédula.
—¿Federico? ¿Qué clase de locura es esta?
Él avanzó un paso, imponente, decidido.
—No voy a darte el divorcio, Ellyn. Si te vas ahora, si haces público esto… mis abuelos me desheredarán, me negarán la presidencia de la empresa. ¿Ese es tu plan