Un mes después, la noticia llegó como una sombra que nadie esperaba.
Iker había muerto. Asha se enteró en una tarde gris, en la que el viento parecía murmurar lamentos que no eran suyos.
La noticia no la rompió de inmediato, pero algo dentro de ella se apagó silenciosamente.
No lloró al instante; solo se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y el pecho atascado de una tristeza que no sabía cómo salir.
—¿Qué pasó? —preguntó Bruno al ver su expresión vacía, descolocada, como si hubiera visto un