Carlo llevaba despierto un buen rato.
La luz de la mañana entraba a través de las cortinas pesadas, dibujando un halo tenue sobre la cama.
No se había movido, porque no quería soltarla. Su brazo seguía firme alrededor de su cintura, la mano asentada justo en el punto donde la curva de su cuerpo se encontraba con la tela de su ropa.
El calor de ella lo había acompañado toda la noche, y aunque no se lo diría en voz alta, dormir así había sido más reparador que cualquier otra noche que recordara e