María despertó de golpe, sin saber qué la había sacado del sueño.
La habitación estaba envuelta en una penumbra cálida, y el silencio era tan profundo que el sonido de su propia respiración le pareció demasiado alto.
Tardó unos segundos en entenderlo: no estaba sola.
El brazo de Carlo reposaba sobre su cintura, pesado, firme, como si hubiera nacido para estar ahí. Su cuerpo, sólido y caliente, se acomodaba a la curva de su espalda. Y lo más desconcertante… es que no recordaba haberle permitido