La jornada con Olivier le había devuelto, aunque fuera unas horas, la sensación de trabajar en aquello que amaba. Había sentido la mente ágil, la mirada concentrada sobre las piezas, el diálogo fértil con alguien que respetaba su criterio. Un respiro de su jaula.
Al entrar, encontró a Carlo en la penumbra del salón, sentado en el sillón de cuero, una copa de vino intacta en la mesa baja. El cigarro se consumía solo en el cenicero. La miraba fijo, como si llevara horas esperando.
—Llegaste —dijo