María ajustó la correa del zapato frente al espejo. El vestido que había elegido era sobrio. El maquillaje resaltaba los ojos, delineados con precisión. En sus labios, un rojo profundo. El tipo de rojo que nunca usaba en soledad, reservado para cuando debía enfrentar a alguien con la frente en alto.
Se inclinó sobre la cómoda para repasar los pinceles y los polvos. Tenía la atención fija en su reflejo cuando la puerta se abrió sin aviso. Carlo entró. No dijo nada. Apoyado en el marco, cruzó los