María caminaba sin rumbo fijo. La ciudad, con sus luces húmedas reflejadas en el asfalto, parecía un escenario deformado por su propio desconcierto. Llevaba el abrigo abierto, el maquillaje aún intacto en los ojos, pero en el interior estaba deshecha.
Las palabras de Carlo martilleaban su cabeza: “Tu padre reemplazaba las piezas, vendía las originales. Era un fraude.”
Se abrazó a sí misma, intentando contener un temblor que ya no sabía si era frío o rabia. Se sentía traicionada por todos: por C