María despertó a medias y se dejó hundir otra vez en el colchón.
El cuerpo le pesaba delicioso.
Recordó retazos: Carlo levantándola en brazos, el calor de su pecho pegado a su espalda, la risa ronca en su oído, el golpe de la puerta al cerrarse, el choque suave de sus cuerpos en la cama, una y otra vez. Perdió la cuenta; solo sabía que había sido insaciable y que ella, contra todo lo que juraba, le había respondido con la misma hambre.
Volvió a hundirse en ese sueño plácido, sin medida, hasta q