Las copas tintineaban suavemente sobre la mesa baja del salón privado. Tras el almuerzo, el ambiente se había relajado con el whisky y el coñac; las luces eran más cálidas, las cortinas tamizaban la claridad de la tarde, y todo se sentía suspendido en un clima de comodidad engañosa.
Olivier se acomodó en el sillón frente a ellos, con el vaso en la mano, y dejó escapar una risa grave.
—Su esposa tiene un talento extraordinario, Carlo —dijo, sus ojos claros posándose en María con un brillo de gen