Carlo la sostenía contra su pecho, su respiración pesada, su piel caliente contra la de ella. Pero no había suavidad en su mirada, solo una hambre que no parecía saciarse.
La besó con una intensidad que la hizo tambalearse, sus labios reclamando los de ella como si quisiera borrar cualquier pensamiento que no fuera él. Su lengua invadió su boca, posesiva, saboreando el rastro de sus propios pecados. María intentó resistirse, sus manos empujando débilmente contra su pecho, pero el calor de su cu