La madrugada en París parecía suspendida.
María dormía profundamente, su respiración acompasada, cuando una sombra se deslizó en silencio hasta su habitación.
Carlo no encendió la luz; se limitó a apoyarse en el marco de la puerta y observarla un instante. El rostro de ella, relajado, le recordó un cuadro inacabado, una obra que solo él podría firmar.
Se inclinó, le apartó un mechón de cabello de la frente y murmuró:
—Despierta, cara. Tengo algo que mostrarte.
Ella se movió, confundida, intenta