El jueves, cuando el cielo de París se teñía de un gris plomizo, Carlo se preparó como quien se alista para una guerra silenciosa. Frente al espejo de su vestidor, cada movimiento era preciso, deliberado. Se puso una camisa negra de algodón egipcio, tan fina que parecía deslizarse sobre su piel como una caricia. Pantalones oscuros, de corte impecable, con la flexibilidad de un atleta y la elegancia de un magnate. El cinturón, de cuero negro mate, tenía una hebilla sin brillo, diseñada para no r