El coqueteo en la pista de baile había escalado, y la atmósfera entre Vance y la misteriosa mujer era casi incendiaria. La promesa en sus ojos, la audacia de sus palabras, todo lo había envuelto en una neblina de deseo y una emoción que no sentía en años. Dejaron la pista de baile y se dirigieron a la barra, un oasis de relativa calma en el bullicio de la gala.
Vance pidió otro brandy, y ella un whisky.
—Sé reconocer a un buen hombre cuando lo veo, Presidente Vance —dijo ella, tomando un sorbo