Mundo ficciónIniciar sesiónDos extraños pasan una noche de sueños juntos, hasta que uno de ellos se va sin previo aviso a la mañana siguiente, confundidos por la conexión tan mágica que habían tenido. Ambos amantes de la moda, de embellecer su realidad con telas e hilos; Aina es una mujer apasionada y talentosa, que lleva su propio atelier; Dumas Laurent, el hombre que hizo soñar a Aina por una noche pero se reencontraran, despertando sentimientos entre ambos. Aina con su corazón remendado, no sabe si arriesgarse a confiar de nuevo, no solo en un hombre, sino en la posibilidad de un futuro que pensaba que ya no existía. ¿Podrán construir una base sólida para su relación, o las heridas del pasado y los problemas del presente los condenarán a ambos?
Leer másEl sonido del mar me despertó, un murmullo suave y rítmico que se sentía como una caricia en el alma. No estaba en mi apartamento, ni en la casa de mis padres, ni en el apartamento de Dumas. Estaba en una playa, en una casa de playa. Hacia unos días Dumas me habia invitado a viajar unos días a una casa de playa, sin embargo, no me dijo si era de él, si era de sus padres, si la había alquilado, sólo viene con la promesa de estar unos días con la maravillosa vista del mar, un momento a solas, lejos de la empresa y mi taller. Abrí los ojos lentamente, y el olor a sal y al mar me llenó los pulmones. Estaba en la cama con una vista espectacular a la playa y al mar. El sonido del mar, que había sido una melodía en mi mente, ahora era una realidad.Me levanté, el sol que se filtraba por las cortinas era un hilo dorado que me hizo sonreír. Me di un baño, me puse un vestido que Dumas me había regalado, uno que se sentía como una segunda piel, y me dirigí a la cocina. Dumas estaba allí, con un
El aroma a lavanda de las velas que Dumas había encendido llenaba el apartamento. Estaba sentada en el sofá que pintamos de gris azulado, con la manta de lana cubriéndome hasta la cintura, y el sentimiento que me embargaba no era el de una noche cualquiera de viernes, sino el de una certeza profunda y reconfortante. Habían pasado ya unas semanas desde el dramático final con Fabiana, y la vida, de repente, se había asentado en una rutina que se sentía milagrosamente normal y plena. Era la cosecha después de la tormenta. La rutina se había convertido en un santuario; ya no era solo una vida sin el miedo constante a la represalia o el juicio, sino una existencia construida sobre pilares de confianza, comunicación y la deliciosa previsibilidad de un amor maduro. Había dejado de esperar el próximo desastre para empezar a planificar, con Dumas a mi lado, el próximo viaje o el próximo diseño de temporada. La certeza era, irónicamente, el lujo más grande que el fin de la tormenta nos había re
El silencio en el apartamento era tan espeso que casi podías cortarlo con el cuchillo de mantequilla. Estábamos los tres en la cocina: Dumas, inexpresivo, con la taza de café a medio camino de sus labios, su incredulidad física, palpable, proyectando años de frustración contenida; Fabiana, encogida en su asiento, con el rostro pálido y la postura de una persona que ha soltado una carga demasiado pesada; y yo, secando un plato, tratando de mantener la compostura de una anfitriona amable en medio de una crisis matrimonial ajena.La declaración de Fabiana, "Quiero firmar el divorcio," resonó con una finalidad que nos paralizó a todos. Dumas fue el primero en reaccionar, dejando la taza sobre la barra con un ligero clac que sonó como el cierre de un ciclo.—¿Ahora? —preguntó Dumas, y había una incredulidad fría, casi acerada, en su voz, mezclada con el resentimiento silencioso—. ¿Después de tanto tiempo, después de arrastrar esto, de sabotear mi vida y la tuya con esta farsa, de repente q
El tiempo, que antes se había arrastrado con la lentitud agobiante de mi encarcelamiento emocional, ahora se escurría de mis manos como el agua. Habían pasado unas semanas desde la sorprendente noticia de Lucas y el cierre de ese evento trágico, semanas llenas de una paz productiva. Era una época de construcción, no de reacción.El taller estaba vibrante. Layla, Fiorella, Gabriel y yo habíamos entrado en una sincronía perfecta. Fiorella resultaba ser una costurera excepcional y silenciosa, con una habilidad casi mágica para los acabados, mientras que Gabriel aportaba una energía creativa fresca y una ética de trabajo metódica, absorbiendo cada lección de patronaje y costura como una esponja. Gracias a su ayuda, casi todos los pedidos pendientes habían sido entregados, aunque la demanda de nuestro trabajo seguía siendo alta. Las risas de Layla, las preguntas inquisitivas de Gabriel y el murmullo constante de las máquinas de coser formaban una banda sonora de alegría que me hacía sentir
Último capítulo