El silencio en el apartamento era tan espeso que casi podías cortarlo con el cuchillo de mantequilla. Estábamos los tres en la cocina: Dumas, inexpresivo, con la taza de café a medio camino de sus labios, su incredulidad física, palpable, proyectando años de frustración contenida; Fabiana, encogida en su asiento, con el rostro pálido y la postura de una persona que ha soltado una carga demasiado pesada; y yo, secando un plato, tratando de mantener la compostura de una anfitriona amable en medio