El tiempo, que antes se había arrastrado con la lentitud agobiante de mi encarcelamiento emocional, ahora se escurría de mis manos como el agua. Habían pasado unas semanas desde la sorprendente noticia de Lucas y el cierre de ese evento trágico, semanas llenas de una paz productiva. Era una época de construcción, no de reacción.
El taller estaba vibrante. Layla, Fiorella, Gabriel y yo habíamos entrado en una sincronía perfecta. Fiorella resultaba ser una costurera excepcional y silenciosa, con u