Mi mente estaba en blanco, un vacío total. Mis labios se negaban a formar palabras mientras miraba a Theodore, su rostro lleno de una curiosidad genuina que contrastaba con la tormenta que acababa de pasar. Me sentía como si me hubieran arrojado a un estanque de agua helada, el shock recorriendo cada fibra de mi cuerpo. La silla de Dumas, todavía caliente, parecía una presencia fantasmal a mi lado.
—Aina, ¿qué pasó? ¿Te sientes bien? Pareces… como si hubieras visto un fantasma—preguntó Theo, su