El aroma a lavanda de las velas que Dumas había encendido llenaba el apartamento. Estaba sentada en el sofá que pintamos de gris azulado, con la manta de lana cubriéndome hasta la cintura, y el sentimiento que me embargaba no era el de una noche cualquiera de viernes, sino el de una certeza profunda y reconfortante. Habían pasado ya unas semanas desde el dramático final con Fabiana, y la vida, de repente, se había asentado en una rutina que se sentía milagrosamente normal y plena. Era la cosech