La lluvia no cesaba. Siguió azotando Milán hasta el amanecer, borrando huellas del asfalto pero dejando intactos los rastros de traición que Gigi había tejido en la sombra. En la sede principal de la familia Moretti, un palacete del siglo XVIII oculto detrás de muros altos y setos impenetrables, Máximo pasaba las horas revisando cada documento, cada comunicación, cada nombre que pudiera llevarlo a ella.
Su traje, antes impecable, ahora estaba arrugado; las mangas subidas hasta los codos, las ma