El humo de su cigarrillo se disipó en la noche, y Máximo arrojó el colilla al suelo, pisándolo con fuerza hasta que quedó reducido a cenizas. Su decisión estaba sellada: no eliminaría a Ilein, pero tampoco la dejaría acercarse demasiado a los secretos de la familia. Solo la deseaba, y su plan era claro: saciar sus instintos más bajos, disfrutarla y luego abandonarla antes de que pudiera hacer daño. Mientras caminaba hacia el Edificio Moretti, su corazón latía con una mezcla de deseo y ansiedad. Cada paso resonaba en su mente como un eco de sus dudas, pero su determinación era más fuerte que cualquier vacilación.Al entrar en el edificio, ignoró al vigilante, sus pasos resonando con autoridad en el pasillo vacío. La fría luz fluorescente iluminaba las paredes blancas, acentuando la soledad del lugar. Al llegar a la puerta del apartamento de Ilein, se detuvo un instante, la mano en el picaporte, pero sin apretarlo. Calculaba cada movimiento, cada palabra que diría cuando ella lo abriera
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