Las calles de Milán estaban llenas de gente en movimiento cuando los herederos Moretti iniciaron su rutina diaria. Para el mundo exterior, eran una dinastía de empresarios ejemplares –nombres que aparecían en portadas de revistas de negocios y eventos benéficos, cuyas empresas generaban empleo y desarrollo en toda Italia. Pero bajo esa fachada pulcra latía el corazón de una familia que mantenía el equilibrio en las sombras, donde los lazos de la Cosa Nostra seguían siendo el motor que protegía