En la madrugada siguiente, Máximo y Marcos dirigieron una comitiva de hombres bien preparados hacia la mansión de Gigi Lazeroni, ubicada en las afueras de Milán, en un recinto cerrado rodeado de árboles centenarios que solían darle privacidad pero ahora solo acentuaban la sensación de abandono.
Los focos de los vehículos iluminaron la fachada imponente, pero no había señales de vida: las persianas estaban bajadas, las ventanas reflejaban el cielo gris del amanecer y las puertas principales es