La luz del alba apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales del rascacielos donde Julliano Moretti tenía su oficina, pero él ya estaba de pie, mirando los planos arquitectónicos de la discoteca Inferno que cubrían toda la superficie de su mesa de conferencias. La reapertura estaba programada para dentro de un mes, y la presión era palpable. Aunque los permisos estaban en regla y la construcción avanzaba a buen ritmo, Julliano sentía una inquietud extraña, una especie de sexto sentido que su