Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo olía a hierro, gasolina y miedo.
Bella no recordaba cómo habían salido del amasijo de hierro que solía ser el Maserati. Solo recordaba el calor de las llamas lamiendo el asfalto, el peso muerto de Luca sobre su hombro y el sonido de las sirenas —o tal vez eran sus propios gritos— perdiéndose en la oscuridad del bosque. Habían caminado kilómetros bajo la lluvia, evitando las carreteras principales, hasta que Luca, tambaleándose y con una mano presionando un agujero de bala en su costado, la guió hacia un edificio decrépito en la zona industrial de la ciudad.
El "piso franco" no era más que un estudio polvoriento con una cama de muelles vencidos, una mesa de madera astillada y una ventana reforzada con barras de acero. No había mármol, ni sábanas de seda, ni criados. Solo el zumbido de una bombilla desnuda que oscilaba sobre sus cabezas.
—Cierra la puerta —gruñó Luca, dejándose caer en la única silla de la habitación. Su rostro estaba pálido, casi gris, y el sudor le pegaba el cabello a la frente.
Bella echó los tres cerrojos con manos temblorosas. Se volvió hacia él, con el vestido blanco ahora hecho jirones, manchado de barro y de la sangre de ambos.
—Estás sangrando demasiado, Luca. Déjame ver.
—Estoy bien, piccola. He tenido peores —mintió él, aunque el espasmo de dolor en su mandíbula decía lo contrario.
Bella ignoró su orgullo. Buscó en los estantes hasta encontrar un botiquín de primeros auxilios que olía a antiséptico rancio. Se arrodilló entre las piernas de Luca, su cercanía provocando una chispa eléctrica que ni siquiera el agotamiento podía apagar.
Con cuidado, empezó a desabotonar la camisa de Luca. La tela estaba pegada a la herida por la sangre seca. Cuando finalmente dejó al descubierto su torso, Bella contuvo el aliento. El cuerpo de Luca era un mapa de violencia: cicatrices de cuchillo, marcas de bala antiguas y, ahora, una herida de entrada limpia en el costado.
—¿Por qué lo hiciste? —susurró ella mientras empapaba una gasa en alcohol—. Podrías haberme dejado allí. Podrías haber hecho un trato con mi padre.
Luca soltó un bufido ronco y la agarró de la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus ojos oscuros, generalmente fríos como el hielo, ardían con una intensidad que la hizo temblar.
—Tu padre me quitó todo, Bella. Pero tú... tú no eres de él. Nunca lo fuiste.
Cuando el alcohol tocó la herida, Luca siseó, apretando los bordes de la mesa hasta que la madera crujió. Bella trabajó con una concentración febril, limpiando la sangre, cosiendo la piel con manos que, milagrosamente, dejaron de temblar. Estaba marcada por la adrenalina, por el puro instinto de supervivencia que él le había despertado.
—Ya está —dijo ella, su voz apenas un hilo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel, el aroma a tabaco, pólvora y ese almizcle masculino que la embriagaba.
Las manos de Bella se quedaron descansando sobre el abdomen de Luca. La habitación se sintió de repente demasiado pequeña, demasiado caliente. El odio que sentía por lo que su familia le había hecho a él, y la rabia por la forma en que él la había arrastrado a su mundo oscuro, se mezclaron con un hambre que llevaba semanas gestándose bajo la superficie.
—Mírate —murmuró Luca, pasando un pulgar por el labio partido de Bella—. Estás rota por mi culpa. Deberías odiarme. Deberías querer matarme mientras duermo.
—Te odio, Luca —respondió ella, inclinándose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. Odio que me hagas sentir así. Odio que seas el único que me hace sentir viva mientras el mundo se cae a pedazos.
Luca no esperó más. La rodeó con sus brazos y la subió a su regazo con un movimiento brusco, ignorando el dolor de sus propias heridas. El beso no fue tierno; fue un choque de dientes y lenguas, una batalla por el dominio alimentada por el alivio de seguir vivos.
Bella se aferró a sus hombros, hundiendo los dedos en su espalda, mientras él la devoraba. Había una urgencia desesperada en cada movimiento. El vestido de seda terminó de desgarrarse bajo las manos impacientes de Luca.
—Dilo —gruñó él contra su cuello, marcando su piel con besos posesivos—. Di que eres mía, no de los Moretti.
—Soy tuya —jadeó Bella, rindiéndose al fuego que le recorría las venas—. Maldita sea, Luca, hazme olvidar quién soy.
La cama de muelles chirrió bajo su peso. En medio de la suciedad y el peligro, se encontraron de una manera que las palabras nunca podrían explicar. Fue un acto de guerra y de entrega al mismo tiempo. Cada roce era una descarga eléctrica, cada gemido un desafío al destino que intentaba separarlos. Luca la reclamó con una ferocidad que rozaba lo salvaje, y Bella respondió con la misma intensidad, reclamando el corazón de un hombre que juraba no tener uno.
En ese rincón olvidado del mundo, no había mafia, ni venganza, ni apellidos. Solo dos almas heridas aferrándose la una a la otra en el ojo del huracán.
Horas después, el agotamiento finalmente venció a Bella. Se quedó dormida con el sonido del corazón de Luca latiendo contra su oído, convencida de que, por primera vez, estaba a salvo.
Pero el despertar fue un jarro de agua helada.
La luz grisácea de la mañana se filtraba por la ventana, revelando el polvo suspendido en el aire. Bella estiró la mano, buscando el calor de Luca, pero solo encontró sábanas frías. Se incorporó de golpe, con el corazón martilleando en sus costillas.
—¿Luca? —llamó, pero el eco de su propia voz fue la única respuesta.
La habitación estaba vacía. El equipo médico había sido recogido y la chaqueta de cuero de Luca no estaba en el respaldo de la silla. Se levantó, envuelta en una manta vieja, sintiéndose vulnerable de una forma que nunca había experimentado.
Sobre la mesa de madera, donde anoche Luca había estado a punto de morir, había un solo objeto: un fajo de billetes y una nota escrita con caligrafía rápida y angulosa.
Bella tomó el papel. Sus ojos escanearon las palabras y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
"Ya no puedo protegerte, Bella. El precio de tu cabeza es demasiado alto y el de la mía ha subido. He hecho lo que tenía que hacer para asegurar mi futuro. Quédate aquí hasta que el sol se ponga, luego vete y no mires atrás. Considera esto mi pago por los servicios de anoche."
Las lágrimas quemaron sus ojos antes de caer sobre el papel, emborronando la tinta. La verdad la golpeó como un disparo: la había usado. Había usado su cuerpo, su compasión y su información para negociar su propia seguridad. Seguramente ahora estaba camino a un encuentro con los hombres de su padre, entregándola a cambio de su vida o de un territorio.
Se dejó caer en el suelo, rodeada por la suciedad del refugio, dándose cuenta de que el monstruo al que había intentado salvar acababa de venderla al diablo.







