El mundo olía a hierro, gasolina y miedo.Bella no recordaba cómo habían salido del amasijo de hierro que solía ser el Maserati. Solo recordaba el calor de las llamas lamiendo el asfalto, el peso muerto de Luca sobre su hombro y el sonido de las sirenas —o tal vez eran sus propios gritos— perdiéndose en la oscuridad del bosque. Habían caminado kilómetros bajo la lluvia, evitando las carreteras principales, hasta que Luca, tambaleándose y con una mano presionando un agujero de bala en su costado, la guió hacia un edificio decrépito en la zona industrial de la ciudad.El "piso franco" no era más que un estudio polvoriento con una cama de muelles vencidos, una mesa de madera astillada y una ventana reforzada con barras de acero. No había mármol, ni sábanas de seda, ni criados. Solo el zumbido de una bombilla desnuda que oscilaba sobre sus cabezas.—Cierra la puerta —gruñó Luca, dejándose caer en la única silla de la habitación. Su rostro estaba pálido, casi gris, y el sudor le pegaba el
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