Mirada Letal

Tres días después de la bala que no mató a nadie importante.

Bella se había escondido en un departamento prestado en la colonia Roma, uno de esos edificios viejos con balcones de hierro forjado y paredes que olían a humedad eterna. Nadie sabía que estaba ahí. Ni su padre, ni sus medio hermanos, ni los perros guardianes que Anselmo pagaba para que la vigilaran cuando fingía que le importaba. Había cambiado el vestido negro por jeans gastados, una sudadera gris con capucha y botas que no hacían ruido. El cabello recogido en una coleta baja, sin maquillaje. Quería desaparecer. Quería que el mundo la olvidara por unas horas.

No funcionó.

La primera noche soñó con sangre azul marino y ojos que no parpadeaban. Despertó con el nombre de Luca Moretti quemándole la lengua.

La segunda noche escuchó pasos en el pasillo del edificio. Se quedó quieta, con la espalda pegada a la puerta, el cuchillo de cocina en la mano derecha. Nadie llamó. Nadie forzó la cerradura. Solo pasos. Lentos. Deliberados. Como si alguien estuviera midiendo el espacio entre su puerta y la escalera.

La tercera noche decidió salir.

No porque estuviera harta de esconderse —eso nunca la había detenido—, sino porque necesitaba aire que no oliera a miedo propio. Caminó hasta la avenida Álvaro Obregón, donde los bares aún fingían ser elegantes a pesar de la hora. Entró en uno que tenía luces ámbar y jazz suave. Pidió un gin tonic que no pensaba terminarse. Solo quería sentarse en un rincón oscuro y fingir que era una persona normal.

Error.

Lo sintió antes de verlo.

Un cambio en el aire. Como cuando entra un depredador y todos los animales pequeños se congelan.

Giró la cabeza despacio.

Luca Moretti estaba al otro lado del bar, apoyado contra la barra, de espaldas a ella. Traje negro sin corbata, camisa abierta en los dos primeros botones. El hombro izquierdo aún rígido, pero nadie lo notaría si no supiera dónde buscar la venda debajo de la tela. Hablaba con el barman, gesto tranquilo, como si estuviera pidiendo un café en vez de whisky de dieciocho años.

Bella se quedó inmóvil.

Él no la había visto aún.

O eso creyó ella.

Entonces Luca giró la cabeza apenas un centímetro. Sus ojos encontraron los suyos a través del humo de cigarrillos electrónicos y vasos empañados.

El mundo se detuvo.

No fue una mirada casual. Fue un disparo a quemarropa sin arma. Los ojos de Luca eran oscuros, casi negros bajo la luz tenue, pero brillaban con algo que no era ira. Era hambre. Reconocimiento. Promesa.

Bella sintió que el gin tonic se le congelaba en la garganta.

Intentó apartar la mirada. No pudo.

Él sonrió. Apenas un movimiento de comisura. Suficiente para que a Bella se le erizara la piel de la nuca.

Luca se separó de la barra con la misma lentitud con la que un felino decide cazar. Caminó hacia ella sin prisa, sorteando mesas y cuerpos como si el lugar entero se hubiera abierto para dejarle paso. Cada paso hacía que el pulso de Bella se acelerara un latido más.

Cuando llegó a su mesa, no pidió permiso para sentarse. Simplemente lo hizo. Frente a ella. Tan cerca que Bella olió su colonia: madera, cuero, un toque metálico que podría ser sangre vieja o solo imaginación.

—Isabella —dijo en voz baja. Su acento italiano se enredaba en las sílabas como humo—. Te ves diferente sin sangre ajena en el vestido.

Ella apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Qué quieres, Moretti?

Luca inclinó la cabeza, estudiándola como si fuera una pintura que aún no decide si comprar o destruir.

—Curiosidad —respondió—. Quería ver si la mujer que me salvó la vida por error seguía respirando.

Bella soltó una risa corta, amarga.

—No te salvé. Empujé a mi padre. Tú estabas en medio.

—Detalles —murmuró él, y se inclinó un poco más. Su rodilla rozó la de ella bajo la mesa. Bella no se movió. No le daría la satisfacción de retroceder—. El resultado es el mismo. Mi sangre está en tus manos. Literalmente.

Bella levantó la barbilla.

—Y la próxima vez no estaré ahí para empujar a nadie.

Luca la miró fijamente. Luego, sin previo aviso, extendió la mano y rozó con las yemas de los dedos la cintura de Bella, justo donde la sudadera se arrugaba contra los jeans. El contacto fue leve, casi casual. Pero el escalofrío que recorrió la columna de Bella fue cualquier cosa menos casual.

Sus ojos se clavaron en los de él.

Luca no apartó la mano. Solo la dejó ahí, quieta, como si estuviera midiendo la temperatura de su piel a través de la tela.

—Te tiemblas —susurró.

—No es miedo —mintió ella.

Luca sonrió de verdad esta vez. Una sonrisa peligrosa, lenta, que prometía cosas que Bella no quería nombrar.

—No —convino él—. No es miedo.

Retiró la mano tan despacio como la había puesto. Se levantó.

—Ven —dijo simplemente.

Bella frunció el ceño.

—¿A dónde?

—A un lugar donde podamos hablar sin público.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Crees que voy a seguirte como si nada?

Luca se inclinó hacia ella. Sus labios quedaron a centímetros del oído de Bella.

—No te estoy pidiendo que me sigas, Isabella. Te estoy diciendo que lo hagas.

Hizo una pausa. El aliento cálido contra su oreja.

—Porque los dos sabemos que ya empezaste a caminar hacia mí desde el momento en que me empujaste contra esa bala.

Bella cerró los ojos un segundo. Maldijo en silencio. Porque tenía razón. Una parte de ella —la parte más oscura, la que su padre siempre había intentado aplastar— quería saber qué se sentía estar tan cerca del fuego sin quemarse del todo.

Se levantó.

No porque quisiera obedecer.

Sino porque quería demostrarle que podía entrar en su juego y salir viva.

Lo siguió por el pasillo trasero del bar, el que llevaba a los baños y a la salida de emergencia. Luca caminaba delante, sin mirar atrás. Confiado. Como si supiera que ella no huiría.

Cuando llegaron al final del pasillo, donde la luz era casi inexistente y solo quedaba el rumor lejano de la música, Luca se detuvo. Se giró.

Bella no tuvo tiempo de reaccionar.

La empujó con suavidad pero con firmeza contra la pared. Una mano a cada lado de su cabeza, encerrándola. No la tocaba, pero su cuerpo estaba tan cerca que Bella sentía el calor que irradiaba a través de la camisa. El olor a whisky y a hombre. El latido acelerado de su propio corazón traicionándola.

Luca bajó la mirada a sus labios.

Luego la subió de nuevo a sus ojos.

—Te tendré —dijo en voz baja. No era una amenaza. Era una certeza.

Bella tragó saliva.

—¿Y si no quiero?

Luca inclinó la cabeza. Sus labios rozaron los de ella. No un beso. Solo un roce. El más leve. El más devastador.

—Mentira —susurró contra su boca—. Ya estás temblando otra vez.

Bella sintió que el aire se le acababa.

Quiso empujarlo. Quiso golpearlo. Quiso besarlo hasta que ninguno de los dos pudiera respirar.

No hizo nada.

Solo lo miró. Fijamente. Desafiándolo a dar el siguiente paso.

Luca lo leyó en sus ojos.

Sonrió una vez más. Esa sonrisa que prometía ruina.

Luego se apartó.

De golpe.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida de emergencia sin mirar atrás.

La puerta se abrió. La lluvia entró de golpe, fría y furiosa.

Antes de desaparecer en la noche, Luca se detuvo un segundo en el umbral.

—Buenas noches, Isabella —dijo sin girarse—. Nos vemos pronto.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Bella se quedó sola en el pasillo oscuro.

La espalda contra la pared fría.

El cuerpo todavía vibrando donde él la había rozado.

Y en la boca, el fantasma de un beso que nunca llegó.

Se llevó los dedos a los labios. Los apretó.

—Maldito seas —susurró.

Pero no sonó a rabia.

Sonó a rendición anticipada.

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